Jueces del Olimpo


Se detendrán si los detenemos.

 Escribe: Yofré López
Además de vergüenza ajena, provoca repugnancia la retahíla de magistrados corruptos que siguen laborando en el Poder Judicial, esa miserable estirpe de indolentes por excelencia, que forcejean con la jurisprudencia para violentarla y saciar sus bajos instintos. 

¿Qué juez podría decir sin exponer su descaro, que es la excepción, si jamás aborreció el hediondo entorno laboral en el que se desempeña? 

Las entrañas de las sedes judiciales son antros que funcionan por encima del bien y del mal, burdeles de prevaricadores que se entregan en cuerpo y alma al mejor postor, sin remordimientos, con ese rictus siniestro de impunidad permanente que acompaña sus rostros, te condenan o te absuelven, dependiendo de tus ahorros.

El Poder Judicial es el foco más infeccioso de la sociedad, la monumental cloaca donde se concentran todos los efluentes de los organismos públicos y privados más tóxicos del país. La orgía de todas las injusticias, sin tabúes ni restricciones.

Al fin y al cabo las leyes son para los mortales, no para los dioses, y los jueces se creen dioses. Por eso copulan entre ellos para afianzar su hermandad divina, o se creen con derecho suficiente para cobrar sus servicios con favores sexuales; su habitad está en otra dimensión, pues los problemas económicos, sociales o políticos no les afecta. Viven en el Olimpo.

Pero el Olimpo es una idea mitológica, no existe, y muchos jueces están despertando hoy en las cárceles infernales de este mundo, donde enviaron a muchos inocentes. Sin los efectos psicotrópicos de la toga, los jueces que van cayendo comienzan a ver su realidad, se miran al espejo y ven el reflejo de Mr. Hyde. Entonces reparan que no son dioses, ni semidioses. Son mortales, humanos, primos hermanos de los simios, aunque esto podría resultar una vergüenza para los propios simios.

Diversos estudios científicos han demostrado que los monos capuchinos tienen mayor sensibilidad y rechazo a las injusticias que los jueces peruanos. Los monos capuchinos aborrecen las iniquidades aunque se beneficien con un plátano más; prefieren la justicia. Deberían ser nuestros jueces.

Las noticias que vemos y escuchamos indican claramente que la corrupción en el Poder Judicial no se detendrá ni siquiera con el escándalo de los cuellos blancos. Es tiempo de erigir y empoderar tribunales de vigilancia judicial en las regiones y provincias, integrados por representantes de la sociedad civil, la ciudadanía organizada debe controlar cada movimiento de todos los jueces y fiscales que viven de nuestros impuestos. Nadie hará ese trabajo por nosotros. 

Basta de tantos lamentos, basta de sentir náuseas y tragarse el vómito. Nadie tiene más legitimidad que el pueblo para reformar su administración de justicia. Nadie tiene más poder y legitimidad que el pueblo para exigir la expulsión inmediata de los jueces corruptos.
¡Justicia para todos!
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